El pasado domingo, 25 de octubre, Luiz Inácio Lula da Silva, procedente de una familia humilde del nordeste brasileño y trabajador desde los doce años, consiguió, ni más ni menos, su cuarta victoria en las elecciones presidenciales de Brasil, la mayor economía de América Latina. Lo hizo con el 51,79 % de los votos (más de 64 millones), frente al 48,21 % de Flávio Bolsonaro, hijo y heredero político del expresidente Jair Bolsonaro, condenado a más de 27 años de prisión por su participación en la trama golpista posterior a su derrota electoral de 2022 (actualmente en arresto domiciliario).
No ha sido una simple victoria electoral. Su trascendencia va mucho más allá. Cimentada en una extraordinaria movilización ciudadana, la victoria de Lula supone la culminación de una larga trayectoria de resistencia frente a las sucesivas ofensivas golpistas de la ultraderecha bolsonarista, aliada de Washington y fuertemente anclada en posiciones de poder empresarial, mediático, judicial y religioso evangélico, desplegadas con el objetivo de apartar a Lula y al Partido de los Trabajadores del poder: impeachment de la presidenta Dilma Rousseff en 2016; encarcelamiento ilegal de Lula en 2018, fruto de una farsa judicial —ampliamente documentada y denunciada por periodistas y analistas como Glenn Greenwald, Inna Afinogenova y Arantxa Tirado, entre otros—, que impidió su candidatura y despejó el camino de Bolsonaro hacia la presidencia; y asalto del 8 de enero de 2023 a las sedes del Congreso, la Presidencia y el Tribunal Supremo en Brasilia por miles de seguidores fanatizados de Jair Bolsonaro que se negaban a aceptar su derrota electoral.
Ante esta nueva victoria de Lula, Flávio Bolsonaro volvió a recurrir al clásico manual de la ultraderecha cuando pierde unas elecciones: denunciar un supuesto fraude electoral y e impugnar los resultados. Sin embargo, ante la evidencia de su derrota, ha terminado reculando y aceptando el veredicto de las urnas, al menos por ahora.
En definitiva, una parte mayoritaria de la sociedad brasileña no se ha dejado amedrentar por la amenaza neofascista y ha decidido ponerle freno, apostando por la defensa de la democracia, las conquistas sociales y la soberanía de su país.

Lula da Silva celebrando la victoria. Foto tomada de «El Salto»
Conviene recordar que, para combatir las flagrantes desigualdades sociales de Brasil, Lula impulsó desde sus primeros gobiernos programas como Hambre Cero y Bolsa Família, destinados a garantizar a las familias más desfavorecidas el acceso a la alimentación, la educación, la salud y la protección social. Estas políticas, que contribuyeron a salvar de la pobreza a más de 20 millones de brasileños durante sus dos primeros mandatos, fueron recuperadas y reforzadas en su último Gobierno, permitiendo que otros 8,6 millones de personas superaran esa situación entre 2023 y 2024. No parece que a la ultraderecha de sacristía le guste que el Estado garantice derechos sociales y le prive de su clientela de pobres, con la que justificar los paliativos de la caridad frente a las soluciones de la solidaridad.
En un mundo cada vez más interconectado, lo que ocurre en Brasil nos concierne también a quienes estamos al otro lado del Atlántico.
Foto de cabecera: Ricardo Stuckert.
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