Las grandes catástrofes, como el reciente accidente ferroviario de Urda (Toledo), que ha dejado un balance provisional de al menos 69 víctimas mortales y más de un centenar de personas heridas, suelen ser escenarios propicios para que aflore, al mismo tiempo, lo mejor y lo peor de la condición humana.
Lo mejor es la solidaridad de la ciudadanía con las personas damnificadas y la entrega de los trabajadores de los servicios públicos. Lo peor, el uso de la tragedia como ventana de oportunidad para obtener réditos políticos a cualquier precio. Este es el terreno en el que la ultraderecha se mueve como pez en el agua.
El líder de Vox, Santiago Abascal, lo ha puesto claramente de manifiesto cuando, sin ni siquiera esperar a que se esclarezcan las causas del accidente, ha acusado al Gobierno de Pedro Sánchez de ser el «responsable» de la catástrofe por haber destruido «las infraestructuras de España para gastarse el dinero de los impuestos de los españoles en señoritas de compañía, en fanatismos ideológicos, en una invasión mantenida con los impuestos de la gente y para llevarse mordidas y joyas», toda una argumentación delirante que no hace sino revelar una mente enferma de odio. Y no contento con semejante despliegue de violencia verbal, decidió mantener sus actos de precampaña electoral, faltando así al respeto a las víctimas y a sus familiares.
Sinceramente, estoy harto de asistir día tras día, a través de medios y redes, a esta manera de enfangar sistemáticamente la atmósfera pública e intoxicar la vida social. Así que hoy he decidido romper con los protocolos que habitualmente presiden mis análisis de actualidad, apoyados en la razón histórica, para aventurarme por una senda más valleinclanesca, con perdón del gran maestro del 98, y situar a Santiago Abascal ante su propio espejo, dejando que sea su reflejo quien tome la palabra y lo retrate.
Antes de ceder el protagonismo al espejo, vayan por delante mis condolencias a las víctimas del terrible accidente y a sus familiares.
Y su conciencia reflejada le dijo: «Santiago, así te definen tus propias palabras y tus actos:
Indigente intelectual. Así llamo a quien, incapaz de usar la razón ilustrada y aportar ideas de provecho, necesita recurrir sistemáticamente al insulto soez como mecanismo de compensación.
Analfabeto emocional. Así llamo a quien vive bajo la castración afectiva impuesta por la ausencia de empatía, una de las capacidades esenciales que contribuyen al desarrollo del cerebro humano
Miserable moral. Así llamo a quien aprovecha las desgracias ajenas en beneficio propio”.

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