El pasado 16 de septiembre, el Congreso dio luz verde a la reforma de las leyes de dependencia y discapacidad, impulsada por el Ministerio de Derechos Sociales, Consumo y Agenda 2030, dirigido por Pablo Bustinduy.
Entre otras medidas, la reforma amplía la ayuda a domicilio fuera de casa —por ejemplo, acompañando a la persona dependiente al médico o a hacer la compra— y mejora la situación de las personas cuidadoras. Sin duda, supone un paso más en el fortalecimiento del Estado del bienestar.
Es evidente que el odio instalado en una parte de la sociedad contra Pedro Sánchez y su Gobierno, alentado por la derecha montaraz —PP, Vox y sus altavoces mediáticos—, no nace de una crítica razonada y propositiva a su gestión al frente del Ejecutivo, sino de una estrategia de desgaste en la que la desinformación, el bulo y el insulto sustituyen al debate democrático de ideas.
Me pregunto si quienes acostumbran a salir en manada —con perdón— gritando «Pedro Sánchez, hijo de puta» van a ser coherentes y renunciar a la ayuda a la dependencia cuando la necesiten, o si van a preferir que sea recortada, como hizo el Gobierno de Mariano Rajoy con el sistema de dependencia puesto en marcha por el Gobierno de Rodríguez Zapatero.

Desde luego, una cosa es la política de los cuidados y otra la política del odio. ¿Por cuál de ellas optamos?
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