El patriota de bandera,
encaramado a un pedestal,
avanza con paso firme,
fiel al código del escuadrista fanatizado.
Cree que la tela le refuerza y le impulsa hacia adelante;
ajeno a que, en realidad, es una venda
que le impide percibir el vacío
al que está a punto de caer.
La escultura,
firmada por la mano contrahegemónica del artista Banksy,
plantada por sorpresa en el corazón de Londres,
es un retrato del fascismo.
El fascismo es la bestia que el gran capital libera
cuando necesita blindar sus privilegios
frente al avance de los derechos democráticos.
Entonces, la patria se convierte en un traje a medida
en el que la mentira y el odio. se camuflan para fabricar enemigos.
Banksy anticipa su final:
el desplome en el abismo.
Una ideología excluyente,
que atenta contra la igualdad de derechos,
no puede sostenerse. Siempre encontrará resistencia
que la empuje, inevitablemente,
hacia el mismo borde
que no alcanza a ver.
¿Puede el arte cerrar los ojos
a los problemas de su tiempo? ¿Puede dejar de acompañar
la lucha de las sociedades humanas
por la libertad y la justicia?
Banksy, con su monumento antifascista, nos dice claramente que no.
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