Una compañía circense adquirió en una feria una cría de elefante con el fin de domesticarla y utilizarla, llegado el momento, en sus números con animales.
Le reservaron un pequeño rincón junto a una de las carpas y la encadenaron a una estaca clavada en la tierra, rodeando su pata con una gruesa cadena.
Durante mucho tiempo, no pasó un solo día sin que el pequeño elefante intentara liberarse, tirando de la cadena con todas sus fuerzas. Al no conseguirlo, terminó por dejar de intentarlo y se acomodó a la situación.
Pasaron los años y el elefante se hizo adulto. Su cuerpo se volvió inmenso. Ya amaestrado, durante su número en la pista del circo levantaba grandes objetos con la trompa y desplazaba cargas pesadas como si fueran de juguete. Sin duda, disponía de la fuerza suficiente para arrancar de raíz aquella estaca.
Sin embargo, cada noche, después de la función, lo conducían al mismo lugar y lo volvían a atar a la misma estaca con la misma cadena. Y el elefante se quedaba allí, dócil, sin hacer el más mínimo intento por liberarse.
Una noche, dos personas se detuvieron a observarlo.
—No lo entiendo —dijo una—. Con lo fuerte que es… podría irse cuando quisiera.
La otra miró la cadena, luego al animal.
—Quizá ha terminado por asumir que estar encadenado es su condición natural.
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