Los bosques constituyen un patrimonio común. Protegen el suelo, contribuyen a regular el ciclo del agua, albergan una extraordinaria biodiversidad, suavizan el clima y forman parte de nuestra memoria colectiva. Su conservación, por tanto, no solo afecta a las poblaciones locales: nos compete a todos.
El pasado mes de junio, durante una escapada por el Alto Tajo, tuve ocasión de visitar dos reservas: una de bisontes europeos y otra de caballos salvajes de Przewalski. Lo verdaderamente valioso de este proyecto es que ambas reservas, donde los animales viven en grandes extensiones de monte, forman parte de un programa de renaturalización (rewilding) del territorio. Su objetivo es recuperar el pastoreo natural, favorecer el equilibrio del ecosistema, contribuir a reducir el riesgo de grandes incendios e impulsar un turismo de calidad que ayude al desarrollo económico de la comarca. Los bisontes europeos proceden de poblaciones recuperadas originarias de Polonia. Los caballos de Przewalski son la única especie de caballo verdaderamente salvaje que sobrevive y su área de distribución histórica se encuentra en las estepas de Mongolia.
En una de las fotografías aparezco con Rubén, mucho más que un guía excepcional: un joven sabio y emprendedor, profundo conocedor de la geografía, la historia y la cultura de estas tierras, y firmemente comprometido con la conservación de su patrimonio natural y cultural.
Proyectos como este demuestran que conservar un bosque no consiste solo en plantar árboles. También implica recuperar los procesos naturales que lo mantienen vivo e impulsar iniciativas capaces de armonizar la protección de la naturaleza con el desarrollo del medio rural.
La Tierra es un organismo vivo. Cuando un bosque se pierde, no solo desaparece una parte de su riqueza natural: el planeta entero se empobrece y, con él, también nuestro propio futuro.



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