Desde el 20 de marzo, en las zonas templadas del hemisferio norte, la primavera vuelve a abrirse paso.
Desde la Antigüedad, esta estación ha sido quizás la más celebrada por las distintas culturas. Asociada al regreso de la luz, al renacer de la naturaleza y a la fertilidad, ha inspirado mitos, creaciones artísticas y fiestas populares a lo largo y ancho del mundo.
La primavera ha servido también como metáfora para describir momentos históricos en los que los pueblos despiertan y buscan transformar su realidad: así como la vida logra, año tras año, vencer al invierno y volver a florecer, también las sociedades humanas han demostrado su capacidad de resistir, de levantarse frente a las imposiciones del poder y de abrir caminos hacia nuevas formas de progreso social.
A pesar de las dificultades y sacrificios que han debido enfrentar, estas “primaveras de los pueblos” han sido fundamentales en la historia para mantener viva la llama de las libertades democráticas y los derechos humanos.
En estos días, en los que la Iglesia católica ocupa el espacio público con procesiones pobladas de imágenes que suscitan devoción a través del dolor, he preferido volver la mirada hacia otra primavera: la de la vida que renace, la de los pueblos que despiertan y la de las posibilidades que aún están por florecer.
Hoy, cuando la ley de la fuerza avanza desafiando los principios más elementales de la razón moral y cívica, falta nos hace.
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