Francisco de Goya, como buen hijo de la Ilustración, denunció con frecuencia en sus pinturas los demonios que, a su juicio, lastraban el progreso social, tales como la superstición, el fanatismo o la instrumentalización de la religión como herramienta del poder.
En series como “Los Caprichos” o las “Pinturas negras”, el mundo poblado de monstruos que el genio aragonés representó no fue una fantasía gratuita, sino la metáfora de un sistema que había renunciado a ser gobernado por la luz de la razón.
Por ello, haciendo un ejercicio de imaginación, podríamos preguntarnos qué habría pintado Goya si, por un capricho de la máquina del tiempo, hubiera salido de su retiro en la Quinta del Sordo para retratar la esperpéntica escena de un presidente de los Estados Unidos rodeado de pastores evangélicos implorando la bendición divina para sus delirios bélicos. Probablemente su pincel habría convertido la ceremonia en un aquelarre presidido por los mismos fantasmas que tantas veces denunció: los del poder que invoca lo sagrado para legitimar el despotismo.
Y quizá le habría puesto por título:
«A Dios rogando… y con bombas asesinando».

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