No sé si me queda ya alguna amistad que no haya visto La bola negra, la película de Javier Calvo y Javier Ambrossi —Los Javis—, y aún no he encontrado a nadie que no haya salido satisfecho después de verla y comprobar el caudal de reflexiones y emociones que suscita.
La película explora la memoria del amor homosexual en España desde la Guerra Civil hasta nuestros días, teniendo como hilo conductor La bola negra, una obra inacabada de Federico García Lorca, asesinado por el fascismo en 1936. Si tuviera que ponerle un solo adjetivo a la película, sería única.
La intención de este artículo no es hacer una sinopsis ni una crítica del film —ya se han vertido ríos de tinta sobre él—, sino aprovechar la ocasión para desmontar, con argumentos inapelables (perdón por la inmodestia), el relato de las ultraderechas patrias de que el cine español no debería recibir subvenciones.
Veamos.
La bola negra ha podido realizarse gracias a una financiación que ha incluido un millón de euros en ayudas públicas del Instituto de la Cinematografía y de las Artes Audiovisuales (ICAA). ¿Cuántas obras maestras del cine español nos hubiéramos perdido si este tipo de ayudas no existiera?
Aquí van algunas razones de peso que justifican la necesidad de que estas subvenciones existan:
1) La cultura, entendida como el conjunto de productos del conocimiento y de la creatividad humanas —literatura, filosofía, artes plásticas, arquitectura, música o cine—, forma parte del bien común, y si quedara sometida exclusivamente a los criterios del mercado, que privilegia las producciones estadounidenses, supondría, en la práctica, una forma de censura.
2) Las subvenciones públicas no son un cheque concedido a productores y directores por sus afinidades políticas. Se otorgan mediante convocatorias públicas de acuerdo con criterios objetivos como la viabilidad del proyecto, su relevancia cultural o su capacidad de difusión. Son ayudas, por otra parte, muy modestas si las comparamos con los recursos públicos que reciben otras instituciones, como la Iglesia católica, tanto de forma directa —dotaciones presupuestarias— como indirecta —beneficios fiscales—.
3) Las ayudas no son solo una forma de apoyar la creación cinematográfica: sirven también para sostener una industria que moviliza a cientos de profesionales —actores, directores, guionistas, técnicos, fotógrafos, montadores, maquilladores, peluqueros, figurinistas, electricistas, sonidistas, constructores, transportistas…— y, además, genera actividad económica.
4) El cine es también una forma de construir la imagen de un país: conserva una lengua, recrea lugares, épocas, ambientes y personajes y construye memoria colectiva. En otras palabras, permite que un país se conozca a sí mismo, algo especialmente necesario en una película que, como La bola negra, dialoga con Lorca, la Guerra Civil, la represión y la memoria homosexual española, realidades que durante demasiado tiempo fueron expulsadas del relato oficial de nuestra historia.
Quienes con tanta frecuencia abogan por retirar el apoyo público al cine español son los mismos que acusan al progresismo de practicar la llamada «cultura de la cancelación». En realidad, utilizan ese argumento como coartada de su verdadero proyecto: la cancelación de una cultura democrática, plural y crítica, que termina situándolos ante su propio espejo.
Frente a ello, pocas cosas me parecen más necesarias para la salud democrática de un país que el cine sirva de vehículo para contar y compartir las distintas historias y memorias que han dado forma a nuestra sociedad, para conocernos mejor.
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