El 16 de agosto de 1936, apenas un mes después del golpe militar contra la Segunda República que dio origen a la Guerra Civil , Federico García Lorca fue detenido en Granada, en la casa de la familia del poeta Luis Rosales, donde se había refugiado. Su detención no fue obra de un grupo de incontrolados, sino una operación organizada desde el Gobierno Civil de Granada y encabezada por Ramón Ruiz Alonso, antiguo diputado de la CEDA, a raíz de una denuncia que lo acusaba de ser espía al servicio de Moscú, de mantener vínculos con el dirigente socialista Fernando de los Ríos y de ser homosexual.
La nueva autoridad golpista no escatimó medios para llevar a cabo la detención. Según relata Ian Gibson, desplegó un amplio dispositivo de guardias civiles y policías que rodearon la vivienda, cortaron la calle y apostaron hombres armados en los tejados próximos. Tras ser conducido al Gobierno Civil, Lorca fue fusilado sin juicio ni condena en las proximidades de Víznar y Alfacar. Hoy seguimos sin conocer el paradero de los restos de uno de los grandes poetas del siglo XX.
Fue a todas luces un asesinato político, cometido en el contexto de la represión desencadenada por el golpe militar de 1936, cuyas motivaciones no pueden reducirse a su homosexualidad, como a menudo se sostiene, sino que respondieron fundamentalmente a su compromiso con los valores democráticos y republicanos.
Han pasado noventa años desde aquel crimen y, desde la perspectiva de la memoria democrática, sigue siendo necesario recordar lo que la vida y la obra de Lorca representan frente a quienes hicieron comulgar al país con la hostia envenenada del odio, cuyo eco sigue resonando hoy en los mensajes de la ultraderecha y el neofascismo.
Y es que Lorca no fue un poeta ajeno a la realidad de su tiempo. En su obra manifestó su compromiso democrático dando voz a quienes sufren, a los vulnerables, los marginados, los perseguidos y los que no encajan en los moldes impuestos por las convenciones sociales, una toma de partido que lo situaba frente a quienes se sublevaron en julio de 1936.
En el Romancero gitano elevó a una dimensión épica la vida de un pueblo históricamente marginado y perseguido; en el Poema del cante jondo reivindicó la cultura popular andaluza; y en Poeta en Nueva York denunció el racismo y la deshumanización de una sociedad dominada por el dinero, evocando un paralelismo entre la discriminación de la población negra y la secular postergación del pueblo gitano en Andalucía.
Su teatro también fue una expresión de solidaridad con quienes sufren la injusticia social y la opresión de una moral autoritaria. En obras como La casa de Bernarda Alba y Yerma, Lorca plasmó el conflicto entre la aspiración humana a la libertad y las normas represivas que limitan la vida de las personas, especialmente de las mujeres.
Pero quizá la expresión más evidente de su compromiso social y político fue La Barraca, un proyecto de teatro universitario ambulante, en sintonía con las Misiones Pedagógicas impulsadas por la Segunda República, con el que llevó el teatro clásico español, de autores como Cervantes, Lope de Vega y Calderón de la Barca, a numerosos pueblos de España, convencido de que la cultura debía ser un derecho de todos y no un privilegio de unos pocos. Mientras los sectores republicanos acogieron con entusiasmo aquella iniciativa, la extrema derecha no tardó en atacarla. En julio de 1934, la revista falangista FE acusó a los integrantes de La Barraca de difundir costumbres corruptas, fomentar la promiscuidad y utilizar fondos públicos para propagar el «marxismo judío», acusaciones que apuntaban también a Fernando de los Ríos, destacado dirigente socialista, amigo de Lorca y ministro de Instrucción Pública, que había impulsado el proyecto desde el Gobierno. Fue una campaña de hostilidad que dejó patente que, para los sectores más reaccionarios, incluso llevar el teatro clásico a los pueblos podía convertirse en motivo de persecución política.

Integrantes del teatro universitario La Barraca
A la luz de lo expuesto, resulta evidente que la muerte de García Lorca no puede entenderse sin tener en cuenta lo que pensaba, lo que escribía y lo que representaba: una idea de España como país libre y comprometido con la justicia social. Reducir las causas de su asesinato exclusivamente a su homosexualidad, como se ha venido haciendo durante mucho tiempo, solo sirve para ocultar el carácter político de aquel horrendo crimen.
Desde esta perspectiva, la muerte del poeta no fue más excepcional que la de los numerosos obreros, campesinos, sindicalistas, militantes progresistas, concejales, maestros, médicos o catedráticos universitarios, eliminados sin piedad en Granada y su provincia, víctimas de la política de exterminio aplicada sin contemplaciones por las fuerzas sublevadas contra la Segunda República.
Este artículo es deudor del excepcional estudio de Ian Gibson, Vida, pasión y muerte de Federico García Lorca (1898-1936).
Imagen de cabecera: Federico García Lorca, vestido con el mono de trabajo de La Barraca, junto al emblema del teatro universitario.
Deja una respuesta