El fascismo no nació de la nada con Mussolini, Hitler o Franco, ni desapareció con sus dictaduras. Siempre estuvo ahí, como el dinosaurio de Monterroso, al servicio de los dueños del poder real y al acecho de los avances en derechos laborales, sociales y democráticos que puedan poner en cuestión un orden asentado en los privilegios y la desigualdad.
Las diferencias históricas entre el fascismo clásico y sus manifestaciones actuales existen, pero no borran los elementos de continuidad: la exaltación nacionalista, la fabricación de enemigos, la deshumanización del diferente y la instrumentalización del odio como arma política. El presidente Trump y el trumpismo encarnan hoy el paradigma contemporáneo de esta deriva autoritaria, capaz de movilizar incluso a sectores de la clase trabajadora contra sus propios intereses. Los grandes medios de comunicación y las redes sociales, con sus bulos y su desinformación, desempeñan un papel fundamental en ello.
Desde esta perspectiva, las ideas, actitudes y prácticas políticas inspiradas en el trumpismo y desplegadas por Vox y el PP en su ofensiva por alcanzar el poder pueden calificarse perfectamente de neofascistas, atendiendo a su continuidad con el fascismo histórico.
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