Maricarmen Abascal, la mujer de 87 años cuyo violento desahucio, el pasado 23 de septiembre, de su casa en Madrid, donde llevaba 71 años viviendo, prendió la chispa de la movilización masiva por el derecho a la vivienda que estamos viviendo, falleció ayer, 7 de octubre, sin poder regresar a su hogar.
Cuando oigo hablar de personas que se han hecho a sí mismas gracias al esfuerzo y al mérito, no pienso en las grandes fortunas que se exhiben, por muy inconfesables que sean sus orígenes, como símbolos del éxito, sino en personas como MariCarmen: una mujer valiente que, guiada por el amor y un profundo sentido de la dignidad humana, fue capaz de arrojar luz sobre una injusticia y activar la solidaridad y la conciencia social. Hoy quiero recordarla no desde el sufrimiento que padeció, sino desde su confianza en las personas que no permanecen indiferentes ante la injusticia y mantienen viva la esperanza de un mundo mejor. Su caso ya forma parte de la memoria colectiva de este país.
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