Mi mujer, María, me dijo un día que se le había aparecido un ángel para anunciarle una buena noticia.
Respiré hondo. ¿Qué podría ser?
La buena noticia era que estaba embarazada.
Sinceramente, al principio pensé que estaba de broma, porque difícilmente yo podía ser el padre. María siempre fue una persona con gracia.
Empecé a preocuparme un poco cuando añadió que el padre era Dios y que el niño que iba a nacer también iba a ser Dios, reencarnado en hombre para salvar el mundo. Ante mi reacción —una mezcla de incredulidad y mosqueo—, añadió que no tenía por qué preocuparme: la fecundación se había producido sin participación directa del progenitor y ella seguía siendo virgen.
Es más —me dijo—, debía sentirme el hombre más afortunado del mundo por haber sido elegido para ser el padre adoptivo del mismísimo Dios.
Tal fue el convencimiento con el que María me habló que decidí no contrariar su estado de gracia.
Después, los acontecimientos se precipitaron: el nacimiento de Jesús —así se llamó el niño— en un pesebre, la estrella sobre el portal, la adoración de los pastores, la llegada de unos magos de Oriente… A día de hoy, todavía no sé si todo aquello fue un sueño o si realmente lo viví.
Hoy, desde el más allá, sigo teniendo dudas. No sé si considerarme el primer gran progresista de la historia por haber aceptado humildemente hacerme cargo de un hijo que me endosaron sin previo aviso; un digno actor secundario dentro de una obra mítica… o, simplemente —y esto me duele—, el calzonazos más insigne del milenio.
En todo caso, nada de esto impide que, ya convertido al laicismo, desee a tod@s unas Felices Fiestas.
Deja una respuesta