Que el PP se manifieste contra la corrupción es como si Jack el Destripador lo hubiera hecho contra el machismo. Que en el acto celebrado este domingo en el Templo de Debod en Madrid Feijóo insinuara que el presidente Sánchez debería ir a prisión —sin que exista procedimiento judicial alguno en su contra— o que Isabel Díaz Ayuso lo relacionara con ETA muestra con claridad una peligrosa deriva antidemocrática.
Son muchas las críticas que se le pueden hacer al Gobierno; pero ante el empleo sistemático de la guerra sucia para derrocarlo, se impone la defensa de la democracia.
Y es que, en realidad, las ultraderechas (PP, Vox y sus apoyos empresariales, mediáticos y judiciales) no van solo a por Pedro Sánchez. Sánchez es el anzuelo. Vienen a por nosotros: los demócratas, los trabajadores, los pensionistas, las mujeres, los inmigrantes, el colectivo LGTBI, la cultura democrática, las lenguas cooficiales, la memoria histórica. No pueden aportar soluciones a los grandes problemas del país —desigualdad, vivienda, retrocesos democráticos, cambio climático— porque su agenda real va en sentido contrario: privatizar bienes públicos, devaluar derechos laborales, favorecer fiscalmente a las empresas del IBEX y blanquear prácticas corruptas. Los derechos de ciudadanía son un estorbo para los intereses que representan.
No lo van a reconocer abiertamente. Por ello rehúyen el debate de ideas y recurren sistemáticamente a la difamación y la mentira, en plena sintonía con el complot internacional trumpista contra la democracia. La coalición PSOE–SUMAR está en el Gobierno, sí, pero ellos son los representantes naturales de los poderes fácticos que nunca se presentan a las elecciones. Por eso constituyen la principal amenaza a la convivencia democrática.
En el PSOE actual ha habido casos de corrupción absolutamente inadmisibles; pero en el PP y en Vox, por el programa neoliberal que defienden, la corrupción forma parte de su ADN político. No es un juicio de valor: es historia. En este país, salvo en el País Vasco y Cataluña —sin contar la excepción republicana—, nunca hubo una derecha antifascista. No está de más tenerlo presente.
Por lo que a mí respecta: ¡No pasarán!
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